martes, 31 de julio de 2012

Realidades incómodas


Si pretende ser realista, el tema de la inmigración en el cine se aborda desde la gran contradicción existente entre realidades sociales opuestas y el despotismo de las privilegiadas. Le Havre (2011), la última película de Aki Kaurismäki, representaba a un niño africano que consigue eludir a la policía para poder llegar a Inglaterra en busca de una vida mejor. No lo hubiera podido conseguir sin la ayuda de unas personas que arriesgaron su seguridad para protegerle.
Esta oposición la encontramos muy bien representada en Terraferma (2011), del director italiano Emanuele Crialese, en la que, por una parte, tenemos a la policía que refleja las leyes y por ende la racionalidad occidental y su sistema paradójico, y por otro la cruda representación de los inmigrantes que se juegan la vida por llegar a Europa a buscar una oportunidad. La caridad y el sentido de la responsabilidad serán también aquí determinantes en el transcurso de la narración.
Terraferma es un film que produce incomodidad. Mientras esperamos ver la aventura de Filippo, el protagonista, con la turista en medio del mar, como un paraíso nocturno después las preocupaciones anteriores ocasionadas por el encontronazo con los inmigrantes, surgen nadando en medio de la oscuridad (con gran eficacia y dramatismo) más inmigrantes. Como si de una película de zombis se tratase, éstos nadan desesperadamente hacia el foco de luz que emana de la barca. Se rompe una vez más el aura de despreocupación y libertinaje que se desprende de la vida turista que está atrayendo la isla. Este ambiente ilusorio alejado de la realidad choca de lleno con una situación incontrolable y que resulta difícil evitar.
Está patente la idea de intrusismo (en el barco, en la casa, en la lancha, la policía que aísla el barco) como una fuerza mayor que obliga a las personas de la isla a actuar en consecuencia. Primero el cambio en la economía de la zona, antes basada en la pesca (y que el abuelo de Filippo se esfuerza por mantener), y ahora, totalmente despersonalizada, ligada al turismo. Y segundo por la llegada de los inmigrantes que desestabiliza las opiniones de los más tradicionales, los ancianos que siempre se han dedicado a la pesca, y los jóvenes que han cambiado su estilo de vida para servir al turismo. Los primeros se basan en una ley no escrita que obliga al pescador a salvar a los náufragos que encuentren en el mar. Y los segundos, en contra de que aquéllos den una imagen publicitaria a la isla que pueda entorpecer el ambiente sosegado y despreocupado de los turistas.
El alargamiento de algunos planos, su simbolismo y preocupación estética nos da una idea de un cine menos convencional y tendente a un estilo personal. Después del ataque de los inmigrantes-zombis (y el correspondiente contraataque de Filippo para preservar su seguridad y la de su familia, en peligro por esconder a inmigrantes en casa) vemos la huida de la lancha, entre la desesperación de los africanos en segundo plano (y ligeramente iluminados aún para que podamos sentir el drama) y la desesperación de la joven turista, que venía a la isla para divertirse, y acaba viviendo una situación de horror e impotencia. La redención del joven produce otra secuencia simbólica, con la violación de las normas al huir en el barco con la familia inmigrante, y el plano final que con gran belleza nos objetiva y despersonaliza la historia, dejando un aire incómodo implicando al espectador a que reconstruya una historia inconclusa.

sábado, 28 de abril de 2012

Martha Marcy May Marlene


Una doble historia se alterna para mostrarnos la vida de Martha, una joven chica estadounidense huérfana y con problemas, presa fácil para quien pretenda embaucarla en una aparente mejor vida alejada de los cánones de la sociedad. Martha huye de una comuna en la que ha vivido durante dos años, cuyo modelo de vida se basa en la subsistencia, cultivando un huerto y viviendo en comunidad, donde las diferentes personas deben contribuir con lo que mejor sepan hacer. Al principio la casa y sus inquilinos resultan atrayentes, mas vemos cómo las dos historias (la Martha del pasado, que comienza su nueva vida en esa comuna, y la Martha presente, que huye con su hermana) se van volviendo cada vez más problemáticas. Por un lado, el paraíso de un lugar frente al bosque se muestra como verdaderamente es: un entorno machista donde se obedece a un hombre inteligente y manipulador, el ideólogo y líder que atrae con falsas ideas a jóvenes fácilmente manejables, y donde el modelo de subsistencia resulta no ser tal. Por otro lado, la Martha presente va a vivir con su hermana y su marido, a quienes acaba haciendo la vida insoportable por sus ideas y costumbres adquiridas en aquel lugar, aunque, sobre todo, por el grave trauma psicológico que se manifiesta en la represión de sus recuerdos, la soledad y el mal comportamiento, y finalmente lo que parece ser paranoia.
Ganadora en el festival de Sundance, Martha Marcy May Marlene (2011) se presenta como un excelente drama psicológico, si bien no se trata del cine de Aronofsky, demuestra aportar una interesante historia con una mejor puesta en escena. La fotografía oscura de algunos planos y la exploración estética ayudan a aportar dramatismo y profundidad en la historia, como en la huida de Martha ascendiendo hacia el oscuro bosque, o el plano de ella escuchando la canción que interpreta el líder de la secta. Su inquietante final recuerda a otro film estadounidense que coloca en buena estima al cine independiente de ese país. Se trata de  Take shelter (2011), cuyos presagios de destrucción acaban por hacerse realidad. En la película de Sean Durkin nos quedamos con la incertidumbre sobre el desenlace de la pesadilla que padece Martha. Y en semejante escenario del lago y sus destellos sobre el oleaje, se cumple el presagio de la protagonista. Inquietantes finales acordes con los tiempos que corren.

domingo, 22 de abril de 2012

L'amour à mort


Hasta que se me fue no he descubierto
todo lo que la quise;
yo creía quererla; no sabía
lo que es de amor morirse.
Era como algo mío entonces, era
costumbre..., que se dice...;
pero hoy soy suyo yo, soy de la muerte
a quien nadie resiste.
Por fin ya sé quién soy... no lo sabía...
¿Lo sé? ¿Quién sabe en este mundo triste?
¿Hay quién sepa lo que es saber y entienda
lo que la nada dice?
 (Miguel de Unamuno)

El amor y la muerte forman, en su más profundo sentir, una pareja inseparable. Así lo presentó Alain Resnais en L’amour à mort (1984), donde el personaje Simon Roche muere repentinamente, dejando a su novia presa del pánico. La sorpresa viene al resucitar aquél: ni siquiera es consciente de haber muerto, mientras Elisabeth, su mujer, le abraza con aflicción (el plano de su espalda aferrada por las manos de ella es muy significativo: comprueba, desesperada, que realmente está vivo). Una experiencia tan desalentadora como casi haber dejado de vivir, significa un cambio de perspectiva ante la misma. Así pues Simon echa un vistazo al pasado para reconocer que no ha hecho nada significativo, y su propósito después se centra en dar explicación a lo ocurrido.
Podemos pensar que tal conmoción de una experiencia cercana a la muerte provoca una pasión mayor, un amor más profundo (y una ruptura es en cierto modo la muerte, es enfrentarse al abismo) Es lo que conocemos como sublime: el más poderoso de los sentimientos, que va indisolublemente unido a lo terrorífico, a la desaparición definitiva. Kant dijo que la noche es sublime. Quizás por ese motivo la película de Resnais está interrumpida por planos nocturnos, donde pequeñas motas blancas caen y desaparecen, como vidas efímeras ante la nada absoluta. Pero esta pareja se sostiene por una dialéctica profunda: la del amor en conflicto constante con la muerte. Simon, al contarle a su pareja cómo se enamoró de ella, reconoce que se le apareció su rostro y sintió miedo. ¿Se podría concebir el amor sin la muerte? ¿La muerte sin temor? Ambos personajes se compenetran: “Elisabeth trabaja en el futuro del hombre, Simon está buscando en sus orígenes. Lo uno no se concibe sin lo otro.”, dice Judith Martignac, amiga de ellos. Hay una vocación vital que conecta el oficio con lo demás.
Aunque, ¿qué significa resucitar? Ante la experiencia extrema de haber sobrepasado el umbral de la vida para volver nuevamente, ¿acaso no se torna todo insulso y carente de emoción? El Lázaro resucitado que presenta el escritor sueco Pär Lagerkvist en “Barrabás” es un hombre triste, de mirada perdida y rostro enfermo. Cualquiera diría que agradece a Jesús por haberle devuelto la vida. “No –dijo el hombre dejando que su mirada vacía se perdiera en la lejanía-, el reino de la muerte no es nada. Mas para quien estuvo en el más allá todo el resto tampoco es nada…[1]”. Elisabeth es consciente de esto. Después de hacer el amor con Simon, confiesa que algo tan fuerte como lo que acaban de experimentar no volverá a repetirse. “Después de esta felicidad uno debería matarse”. Así es de intenso el amor, el sentimiento de la vida en su plenitud.
Va apareciendo en el film el diálogo respecto a Dios, mientras Simon está cada vez más ensimismado en su búsqueda racional de una respuesta a su problema. Los amigos de Simon y Elisabeth ponen de manifiesto que querer demostrar la existencia de Dios significa negarle, puesto que el amor del que habla la Biblia proviene del vocablo griego agapé, que es amor desinteresado. Unos creen y se basan en las escrituras, pero otro, Simon, lo que quiere es saber, no creer (y aquí tenemos una reminiscencia sobre lo dicho por Antonius Block, el personaje bergniano). Con este trasfondo ideológico, se plantea otro tema en la película. Ante el rechazo de Jérôme Martignac al suicidio, su mujer Judith (ambos son profundamente devotos) dice que “puede que la decisión de morir exija más coraje que la de continuar viviendo”. Elisabeth decide, ante la definitiva muerte de Simon, quitarse la vida. Es un amor que no puede desaparecer, un amor hasta la muerte. Hay quien ha elevado el problema del suicidio al punto más alto del pensamiento: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.[2] La libertad se torna insoportable cuando hay que tomar decisiones importantes. ¿Y no es verdad que Jesús sabía ya que iba a morir, que debía hacerlo? Esa es la conclusión a la que llega Judith para respetar la voluntad de su amiga, quien cita un pasaje de la Biblia: “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente[3].
La presencia de la muerte incrementa el amor, se vuelve la experiencia más intensa que se puede sentir. Elisabeth llevó al extremo el paroxismo de su amor por Simon. ¿Pero qué más querer de la vida una vez que se ha descubierto lo más importante, lo más auténtico y que ata más que nada a la existencia?


[1] LAGERKVIST, Pär: Barrabás. Círculo de lectores. 1962. P. 66.
[2] CAMUS, Albert: El mito de Sísifo. Editorial Losada. Buenos Aires, 1953. P. 15.
[3] Juan 10:17-18
 

domingo, 27 de noviembre de 2011

"Nader y Simin, una separación"


El cine iraní está de suerte. Goza en los últimos tiempos de grandes directores, y sin duda Asghar Farhadi es uno de ellos. “Nader y Simin, una separación”, es una pequeña historia contada con gran inteligencia. Poco a poco vamos descubriendo un trasfondo familiar y social que cuenta más de lo que se ve en el juzgado, donde van a parar dos familias enfrentadas por una acusación de homicidio involuntario. Se entretejen cuidadosamente las relaciones entre una madre que se va de casa pero que espera de su marido la petición de quedarse con ellos, éste que quiere luchar por su inocencia, mientras tiene la responsabilidad de cuidar a su padre enfermo de alzhéimer, la hija que tiene que lidiar entre ambos para que se reconcilien, sin olvidar su ideal de justicia que acaba olvidando por amor al padre.
Al otro lado de la justicia, y en una posición social bien distinta, se encuentra un marido sin trabajo, desesperado y que no puede controlar su ira, y la mujer que le oculta su nuevo empleo que le depara un cambio en su vida. Ambas familias chocan de tal manera que no hay entendimiento posible, cuando se mezcla la carga sentimental y familiar con el honor personal.
Hay una continuidad en toda la película que va desgranando esta trama de relaciones. Casi todo el tiempo vemos discusiones, ya sean entre las familias o bien dentro de ellas. Pero también se entrelazan momentos de silencio, de miradas y de llantos ante una situación de no retorno. Bajo la figura del abuelo se muestra esa impotencia, en un lenguaje visual duro y sórdido. La distancia insalvable de las familias se hace patente en el último plano (y se convierte en algo físico), en contraposición con el primero: donde todavía había palabras, ahora sólo hay silencio, pero mientras por una parte se busca la reconciliación (con la mirada) por el otro sólo hay ofuscación y orgullo.
Farhadi crea  un complot de verdades, engaños, argumentos e intentos de reconciliación, y nos hace partícipes de esa complejidad por todos muy conocida, puesto que nos conduce hacia una incomprensión con respecto a otras personas. El director iraní nos coloca como jueces morales de lo que ocurre, somos testigos del desarrollo de esta mezcla de hechos, palabras, convicciones y desconfianzas. A veces el entendimiento es nulo, y aquí vemos el deseo de demostrar la inocencia y la humildad, a costa de sacrificar a las personas más cercanas.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Sobre el escepticismo


A lo largo de la historia, el escepticismo siempre vuelve a aparecer de una forma u otra. Es algo necesario, ya que bajo el principio de la duda se levanta todo razonamiento posterior. El escepticismo trabaja contra los dogmas, contra las seguridades que nos llevan a error.
La situación actual es compleja. Existe gran variedad de ideas, dogmas, sectas, creencias, religiones, ideologías políticas, seguridades de distinta índole. Para todo ello, el fiel o el seguidor no necesita la razón, sino la fe. Es decir, apoya tal movimiento por una firme convicción que no ha sido demostrada ni empíricamente ni con razonamientos de peso. Por tanto, puesto que razonar y buscar respuestas (y preguntas) en un mundo con tan pocas seguridades no es sencillo y casi una tarea casi imposible, lo fácil es adscribirse a un movimiento a través de la fe o de una convicción que nada tiene que ver con el libre pensamiento y elección de cada persona individual. Es la elección de cada uno seguirlo, pero no se trata tanto de libertad, puesto que considero que uno es libre cuando hace lo que quiere siguiendo únicamente sus propias ideas y creencias, no unas ajenas en las que no cabe razonamiento ni crítica.
Lo difícil es mantener una postura constantemente crítica, alejado de las certezas y seguridades. Dudar es una tarea agotadora, es algo complicado puesto que hay que pensar y posicionarse desde la propia personalidad, única e individual. Seguir ciegamente algo es fácil, la incertidumbre es difícil. Por eso, en una sociedad tan globalizada como la nuestra, con tantas creencias e ideologías, con tantos medios para entretener, pocas veces se utiliza este método, ya que por naturaleza vamos a lo fácil, todos aspiramos a tener la mente sosegada y en paz. Conviene recordar algo: la democracia es lo que quiere la mayoría. Pero lo que quiere la mayoría no es ni mucho menos lo mejor ni más adecuado. Es simplemente cuestión de número. Por ello posicionarse desde la propia individualidad nos aleja de lo “normal”, de la masa, de lo que sigue y quiere la mayoría. Pero mientras que para unos solamente se abre un camino, donde no hay capacidad de elección, la persona que duda puede escoger entre miles de caminos que se abren constantemente.
Según Heidegger, el hombre es un ser arrojado al mundo. Y nada más lejos de la realidad: uno no elige nacer, ser, crecer, ni mucho menos morir, sino que todo se nos ha impuesto. Hemos nacido en un mundo donde no hay seguridad alguna. Podemos escoger entre vivir la vida sin cuestionarnos nada, o vivirla preguntándonos por ella, intentando hallar respuestas y lanzar preguntas. Ante esta vida impuesta, ante la muerte y por tanto el fin de toda consciencia y pensamiento, ante la realidad de vivir en un planeta que viaja a través del vacío infinito, ante todo ello, sólo nos queda (si escogemos la segunda opción) dudar, es decir, cuestionar, pensar, para vivir nuestra propia vida con libertad, y vivirla lo mejor posible.
Creo que en la actualidad el escepticismo debería tomarse muy en serio. Sobre todo para medir las emociones que producen ciertos movimientos sociales, en especial la religión y la política. Debemos ser escépticos con lo que nos prometen, con las falsas ilusiones, las falsas seguridades, las creencias que no hayan pasado por un filtro. El miedo y la inseguridad pueden ser los mejores motivos para perderse por estos caminos que no ahondan en la duda.
Pero recordemos la posición de Descartes. En primer lugar, rechaza que su método se parezca al escepticismo, cuyos partidarios dudan sólo por dudar y se las dan siempre de irresolutos. Aunque desde nuestro punto de vista, el método de Descartes es una forma de escepticismo. En la cuarta parte de su “Discurso del Método” nos explica que para hallar la verdad empezó por desechar aquello que fuera falso, que pudiera albergar alguna duda, para quedarse tan sólo con aquello de lo que no se puede dudar. El logro de Descartes está en situar por encima de todo, incluso de Dios, el principio para nuestras vidas: nuestra única seguridad es el pensamiento, somos conscientes de que pensamos y que por tanto existimos. Y a partir de ahí viene todo lo demás, las demás certidumbres que adquiramos cada uno en la vida serán fruto de nuestra experiencia, de nuestro crecimiento natural e intelectual. Pero el principio es ése: la conciencia de uno mismo y de su condición.

domingo, 16 de octubre de 2011

15M, política y resentimiento


La política es como el fútbol. En ambos, uno se sitúa siempre en un bando. Lo grave es que en la política también existen los hinchas, los que no se pierden un solo evento, los ultras, los que siguen ciegamente a su “equipo” pase lo que pase. Esto se puede ver en los congresos de los grandes partidos políticos, donde la gente vitorea y aclama los discursos como el hincha emocionado por ver jugar a su equipo.
España  se ha caracterizado siempre por esos dos bandos contrapuestos enfrentados ferozmente. Incluso hoy en día, España no ha superado el odio, los extremos y el resentimiento. Si hay algo nuevo que ha conseguido el movimiento 15M es romper las fronteras entre la clásica división de izquierda y derecha. Las dos ideologías siguen existiendo, puesto que unos siempre tenderán al bien individual, a un sistema capitalista o al conservadurismo, y otros al bien común y al progresismo. Pero las reivindicaciones que llevamos viviendo varios meses van más allá, puesto que lo que se quiere cambiar es el excesivo poder de los bancos y los banqueros, para que haya una sociedad más humana teniendo en cuenta a todas las personas como individuos dignos y con derechos. Se quiere trasladar la preocupación por el dinero hacia la preocupación por el hombre y su bienestar. Por eso este movimiento, que ha conseguido llegar a todo el mundo puesto que es un problema global, es importante en su método: se hace desde el pacifismo y desde la neutralidad ideológica.
Ahora bien, ¿cuál es el problema que sigue existiendo, al menos en España? Pues que los extremistas son numerosos, que hay un gran resentimiento y una sensación constante de bandos enfrentados. ¿Es posible que un ex presidente del gobierno español diga, en una entrevista publicada hoy día 16 de octubre, que el 15M es un movimiento de “extrema izquierda marginal antisistema”? Pues es posible, al igual que lo es no encontrar la noticia del 15O en la página principal de la web El Mundo justo al día siguiente, sino que más bien destacan la ocupación de un hotel por parte de algunas personas bajo este lema: “De okupar las calles… a okupar edificios vacíos para familias desahuciadas”, pese a que el 15O ha sido un evento nacional e internacional que ha reunido sólo en España a miles de personas. Es interesante leer comentarios en los diferentes diarios digitales o páginas web, como Youtube en vídeos del 15M, de Intereconomía, o bien la visita del Papa a Madrid, para comprobar este enfrentamiento.
Dejando de lado los resentimientos derivados del nacionalismo, lo cierto es que se busca cualquier excusa para desacreditar algo situándolo siempre en la misma línea. Para la derecha más fuerte, que es la que domina en España, el 15M sigue siendo un movimiento relacionado con la izquierda, que hace guiños a ciertos partidos mientras que sólo critica a ciertos otros, etc. Se ha dicho y redicho que no hay ideologías en estas manifestaciones (de izquierda o derecha), que se trata de algo para todos, independientemente de la ideología personal, porque los cambios que se quieren lograr son por el bien común, se critica a los políticos en general, sobre todo los dos grandes partidos, y se quiere conseguir una democracia más participativa, más humana, menos corrupta y menos controlada por la banca. También se ha demostrado, puesto que en los actos hay personas de toda clase y condición. La política es un tema serio, no nos dejemos llevar por promesas ni por fanatismos. No aclamemos a los políticos como héroes que van a solucionar nuestros problemas, sino que debemos alejarnos de lo pasional (como en el fútbol) y usar más bien lo racional.

lunes, 10 de octubre de 2011

Una reflexión



“La observación es el primer paso para analizar, aceptar y cambiar cualquier realidad”

Es muy difícil partir de cero ante cualquier novedad. Nuestra mirada siempre trae consigo una gran carga (ideas preconcebidas, experiencias personales, aprendizaje, cultura, condicionantes climáticos, innatos, etc.). Esta mirada se traduce en prejuicios que dificultan nuestra aprehensión de nuevas experiencias, ideas o enfoques de la cultura. El “no me gusta”, en la mayoría de los casos, carece de fundamento, puesto que o bien lo decimos sin haber experimentado esa sensación (como cuando no nos gusta un alimento que ni siquiera hemos probado) o bien nuestros prejuicios, aunque en muchos casos falta de preparación, nos impiden acercarnos a aquello o intentar que nos guste. Como ejemplo, las artes plásticas o la música clásica. En este último caso se entiende que en nuestra sociedad ajetreada no tengamos una predisposición a escuchar una pieza completa que supere los tres o cuatro minutos, aparte de la falta de preparación ya mencionada (no es lo mismo escuchar una canción pop que una sinfonía de Mahler). O nuestro fugaz vistazo a un cuadro, del que no conocemos absolutamente nada (época, contexto, significado, técnica…) y, sin embargo, lanzamos nuestro juicio que sólo se apoya en el gusto estético. Es decir, nos quedamos únicamente con lo superficial. Que guste o no guste incluso puede ser algo secundario. Creo que es algo propio de nuestra agitada época: escuchamos, vemos o experimentamos brevemente algo de nuestro entorno cultural, y ya somos capaces de decir que nos gusta o no nos gusta. ¿Pero realmente sabemos observar (con cualquier sentido) lo que tenemos alrededor?
Nuestra educación no nos prepara ante la avalancha de estímulos e imágenes de nuestro tiempo, y esa rapidez y cantidad nos impide detenernos demasiado tiempo en cada elemento. Quizás necesitemos cierta calma para evitar abarcar mucho y quedarnos con poco. Vivimos en la cultura pop donde se consume muchísimo y a gran velocidad, y que no deja de ser nostálgica al estilo de Warhol: sólo hay superficialidad, lo que ves, nada más allá. Quizás debamos aprender a observar, como un primer paso para descubrir el mundo sin perdernos en nuestro propio laberinto mental que le cuesta aceptar lo que viene de fuera. Si partimos de la incertidumbre, es posible que ganemos más de lo que podemos perder.